En 2015, líderes de 193 países se reunieron en la sede de Naciones Unidas, en Nueva York, para firmar un compromiso que buscaba cambiar el rumbo del planeta: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Fue allí donde nacieron los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), una hoja de ruta universal cuyo propósito era erradicar la pobreza, proteger el medio ambiente y garantizar que todas las personas pudieran vivir con dignidad, sin importar el lugar donde nacieran.

Estos objetivos se construyeron sobre la experiencia de los antiguos Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), vigentes entre 2000 y 2015. Los cuales, aunque lograron avances significativos, como reducir la pobreza extrema global y aumentar la matrícula escolar en la educación primaria, también recibieron duras críticas por no tener un gran aumentó en temas tan importantes como la desigualdad económica, el cambio climático o los derechos de las mujeres, lo que reflejó su enfoque limitado y la necesidad de una visión más integral.

Gracias al aprendizaje adquirido durante ese periodo, la comunidad internacional diseñó en largas negociaciones los ODS; diseñándolos como un conjunto más ambicioso, amplio y universal, con la finalidad de que todos los países debían aplicarlos, para lograr los resultados esperados. Así, se definieron 17 objetivos con 169 metas específicas, que abarcan desde el fin de la pobreza y el hambre, hasta la igualdad de género, la acción climática, el acceso a la salud generalizada y la paz entre naciones.

El mensaje era claro: construir un modelo de desarrollo que no midiera el éxito solo por el crecimiento económico, sino también por la calidad de vida, la igualdad de oportunidades y el respeto por el planeta. Un mundo más equilibrado, justo y sostenible para 2030.

Hoy, sin embargo, el panorama es preocupante. Diversos informes de la ONU alertan que, el mundo está muy lejos cumplir las metas de la Agenda 2030. La pandemia de COVID-19 representó un retroceso profundo, al incrementar la pobreza, ampliar las brechas de desigualdad, colapsar sistemas de salud y educación, y agotar a gobiernos ya debilitados. A esto se suman conflictos armados que desplazan a millones, crisis políticas que erosionan la gobernabilidad y un cambio climático que avanza mucho más rápido de lo previsto.

La situación se agrava por una geopolítica marcada por la desconfianza y el enfrentamiento entre bloques de poder. El resurgimiento de posturas autoritarias y un nacionalismo que prioriza intereses propios sobre la cooperación global amenazan el espíritu multilateral que dio origen a los ODS y debilitan los esfuerzos colectivos para enfrentar problemas que trascienden fronteras.

Mientras tanto, la crisis climática sigue su curso sin esperar a nadie. Sequías prolongadas, eventos extremos cada vez más frecuentes y la pérdida acelerada de biodiversidad agravan la inseguridad alimentaria, aumentan los desplazamientos forzados y elevan los costos económicos y sociales, especialmente para los países más vulnerables.

Y en medio de este escenario crítico, las mujeres continúan siendo las más afectadas. En distintas regiones, los retrocesos en derechos sexuales y reproductivos, como la revocación de la legalidad del aborto en Estados Unidos, exponen una tendencia peligrosa. En Afganistán, la prohibición para que niñas y mujeres asistan a escuelas y universidades es un recordatorio de que los derechos ganados nunca están garantizados. En América Latina, los feminicidios siguen en aumento, la violencia doméstica persiste en miles de hogares y la brecha salarial continúa dejando a millones de mujeres en desventaja económica y social.

Así, a tan solo cinco años del plazo pactado, lo cierto es que los ODS enfrentan una realidad distante de sus promesas iniciales. No ha sido la falta de metas lo que ha obstaculizado su cumplimiento, sino la carencia de voluntad política, el incumplimiento sistemático de compromisos internacionales y la desconexión entre los grandes discursos multilaterales y las prioridades nacionales concretas.

La Agenda 2030 se diseñó sobre un ideal de cooperación global que hoy se encuentra profundamente erosionado. La creciente rivalidad entre potencias, el resurgimiento del autoritarismo, las guerras prolongadas y la fragmentación del orden multilateral han debilitado los mecanismos de gobernanza global. Mientras tanto, las decisiones estratégicas de los países más poderosos continúan guiadas por intereses económicos, geopolíticos y militares, dejando en segundo plano los compromisos con la sostenibilidad, la equidad y los derechos humanos.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible partieron del supuesto de que los Estados actuarían como aliados frente a desafíos comunes. Pero el mundo actual muestra lo contrario: las decisiones se toman de manera cada vez más unilateral, con alianzas frágiles y sin estructuras de rendición de cuentas vinculantes. En la práctica, la Agenda 2030 ha dependido más de la voluntad de cada país que de una coordinación efectiva. Y entonces, la pregunta que deberíamos hacernos no es por qué no se llegarán a cumplir, sino qué países decidieron, conscientemente, no cumplirlos.