Hace algunos años, se me brindó la oportunidad de impartir clases en la Facultad de Derecho de la UACH, mi querida alma mater. Esta oportunidad ha sido para mí motivo de constante gratitud, responsabilidad y dedicación.

Como uno de los docentes más jóvenes en la facultad, siento la obligación de priorizar un aspecto que considero indispensable en la vida estudiantil: el cuidado de la salud mental.

Es crucial reconocer los desafíos que enfrentan las y los estudiantes al dejar temporalmente su hogar, adaptarse a un nuevo entorno y equilibrar sus estudios con nuevas responsabilidades laborales. En este sentido, creo firmemente que, como educadores, no podemos limitarnos únicamente a impartir conocimientos.

Debemos proporcionar un espacio donde, en un ambiente de respeto absoluto, podamos ofrecer recomendaciones que beneficien su bienestar. Desde lo más básico, como informar sobre la asesoría psicológica gratuita y de calidad disponible en la universidad, hasta estar atentos a posibles señales de alerta que puedan representar un riesgo para su bienestar.

Nuestra responsabilidad va más allá de la mera transmisión de conocimientos; al estar atentos, contribuimos no solo al éxito académico, sino también a la plenitud personal de nuestros estudiantes. Aspiro a que, con quienes hoy comparto aulas, crezcan no solo como futuros profesionales del derecho, sino como personas íntegras y sensibles.

Es esencial implementar medidas concretas para apoyar la salud mental en el entorno académico. Validar sus emociones y fomentar un ambiente de apertura, respeto y comprensión son elementos fundamentales. Además, es crucial combatir el estigma asociado con buscar ayuda para la salud mental y fomentar una cultura de cuidado mutuo dentro de la comunidad estudiantil.

Desde mi perspectiva, al priorizar la salud mental en el entorno académico, no solo estamos invirtiendo en el bienestar individual, sino también en el desarrollo de comunidades en paz.