La marcha anunciada como el gran levantamiento de la “Generación Z” dejó varias preguntas en el aire. Llegó en un momento de gran descontento ciudadano provocado por la impunidad, la corrupción y la falta de justicia, temas que sí afectan a los jóvenes y que explican por qué muchos de ellos están preocupados por el rumbo del país.  

Hay que decirlo con claridad: los motivos para protestar existen. El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, sacudió a millones de mexicanos y reavivó la frustración de una sociedad cansada de ver cómo la justicia nunca llega para quienes más la necesitan. A esto se suman los casos de corrupción que persisten en la vida pública mexicana y una sensación generalizada de desamparo que es imposible seguir ignorando. Esta frustración es real y totalmente legitima.  

Y también es justo reconocer a los jóvenes que sí fueron por convicción propia. Ellos asistieron porque creen en un país mejor y porque no quieren quedarse callados. Su participación vale y no debe mezclarse con agendas ajenas.  

Pero aquí viene el problema: la marcha prometía estar llena de jóvenes… y no fue así. Las imágenes mostraron que, en realidad, la mayoría de quienes encabezaron la protesta no eran precisamente de la Generación Z, sino personajes de la oposición tradicional por no decir derechistas. Eso provocó dudas sobre quién estaba realmente moviendo los hilos.  

A esto se sumó algo todavía más preocupante: varios asistentes llevaron carteles y símbolos misóginos dirigidos contra la presidenta Claudia Sheinbaum. Ese tipo de ataques no solo ensuciaron la causa, también dejó al descubierto la intención de ciertos grupos de convertir la protesta en un espacio de agresión política.  

Y como si fuera poco, aparecieron pancartas pidiendo la intervención de Estados Unidos en los asuntos de México, un mensaje que no encaja con la idea de un movimiento juvenil independiente.  

Al final, la marcha dejó una sensación extraña: jóvenes con causas legítimas, rodeados por agendas políticas que poco tenían que ver con ellos. Lo que se presentó como un movimiento generacional terminó mostrando que, una vez más, la política intenta usar la inconformidad social como bandera.  

Lo preocupante no es que los jóvenes protesten, sino que otros quieran hablar en su nombre para sus propios fines. Y quienes sí salieron a marchar por ideales propios merecen más: un espacio auténtico, sin manipulación, donde su voz realmente sea escuchada.