Los actos de discriminación en México no son casos aislados ni errores desafortunados; son el reflejo de una sociedad profundamente marcada por los prejuicios, el clasismo y el racismo. Todos hemos sido testigos, y en muchas ocasiones hemos llegado hacer protagonistas de actos de discriminación. A veces se manifiestan con agresiones física o verbal. En otras ocasiones son tan sutiles que pasan como bromas o “comentarios inofensivos”. Pero ninguno de estos hechos son cosa menor. Todos ellos forman parte de la estructura de una sociedad excluyente. El problema es que, aunque todos lo vemos, muy pocos lo denunciamos.    

El reciente caso de “Lady Racista” en la Ciudad de México, donde una mujer insultó a un policía de tránsito con expresiones abiertamente racistas volvió a evidenciar esta realidad. Más allá de la indignación que generó en redes sociales, este suceso, grabado y difundido ampliamente, no solo mostró una conducta reprochable. También dejó al descubierto lo que miles de personas experimentan a diario: ser agredidas, excluidas o tratadas con desprecio por su color de piel, origen étnico, condición social e incluso su forma de hablar. Sin embargo, pocos de estos casos se formalizan ante las autoridades. En muchos casos la discriminación permanece impune, protegida por el silencio, y la normalización.     

¿Por qué no denunciamos la discriminación? Existen muchas razones, pero una de las principales es la normalización de estas conductas. Por otro lado, existe un gran número de víctimas que no denuncian porque temen represalias, no saben a dónde acudir o no creen que las autoridades harán algo. Es así como se convierte en un círculo vicioso: como nadie denuncia, parece que no hay problema; como parece que no hay problema, nadie actúa; y como nadie actúa, nadie denuncia. En muchos casos, además, las víctimas ni siquiera son conscientes de que lo que viven tiene un nombre: Discriminación.

Pese a que México cuenta con leyes contra la discriminación y organismos como el CONAPRED y COPRED, para que estos mecanismos funcionen, se necesita voluntad social. Porque una denuncia no solo representa una queja individual, sino una forma de rechazar rotundamente las estructuras de desigualdad. Y cuando la ciudadanía no denuncia, le da espacio a que el odio y el desprecio se mantengan impunes.   

Si queremos construir una sociedad más justa, no basta solo con sancionar. Hay que educar. En las escuelas, Y en los espacios públicos. Romper con los prejuicios desde la raíz. Enseñar que la diversidad no es una amenaza, y que respetar no es un acto de cortesía, es un deber ético y ciudadano.  

Frente a la discriminación, el silencio nunca debe ser la respuesta. Cada vez que normalizamos una agresión, una burla o una exclusión, contribuimos a sostener un sistema que margina y divide. Denunciar no es solo un acto de justicia, es una forma de romper con la indiferencia, de afirmar que todos y todas merecemos un trato digno. Pero también es necesario mirar al futuro: debemos inculcar en las generaciones jóvenes valores de empatía, igualdad y respeto, para que crezcan sabiendo que la dignidad no se negocia. Solo así podremos aspirar a un México verdaderamente igualitario.