
Mientras los ojos del mundo se fijaban en la chimenea de la Capilla Sixtina esperando el tradicional humo blanco que anunciaría al nuevo Papa, un pequeño grupo de mujeres creyentes encendió otra señal, muy distinta, pero igual de poderosa una “fumata rosa”, un mensaje directo y valiente lanzado hacia los techos del poder eclesiástico.
Este gesto, tan pacífico como simbólico representa el cansancio acumulado de generaciones enteras de mujeres que han dado todo por su Iglesia, pero a las que nunca se les ha permitido decidir sobre ella. Que han sido madres, monjas, misioneras, mártires… pero nunca cardenales, nunca papas, nunca votantes en un cónclave.
Las mujeres que protagonizaron la “fumata rosa” no odian la Iglesia. Al contrario, son creyentes y practicantes orgullosamente religiosa. Y es por eso que reconocen que una fe verdadera no puede basarse en la exclusión. En este contexto deberíamos preguntarnos: ¿Y si la tradición está equivocada?, ¿Y si estamos justificando una exclusión histórica con argumentos que hoy, en cualquier otro ámbito, nos parecerían inaceptables?
A lo largo de la historia, las mujeres han sido clave en la expansión de la fe cristiana, pero cuando la Iglesia se consolidó como estructura jerárquica y aliada del poder político, los espacios de autoridad se reservaron solo para hombres. La historia no ha sido neutral. Ha sido contada por hombres y para hombres, incluso dentro de los Evangelios, y eso ha tenido consecuencias que persisten hasta el día de hoy.
Este acto no fue una provocación, nació desde el corazón de mujeres que no quieren irse de la Iglesia, sino quedarse… pero en igualdad. Piden que se les reconozca con la misma dignidad, autoridad y vocación que ha cualquier hombre.
Y sin embargo, este gesto no ocupó titulares. Casi no se habló de él en los grandes medios. ¿Por qué?, ¿Era demasiado feminista para tratarse de religión?, ¿Demasiado espiritual para ser considerado feminista? Quizás fue todo eso a la vez. Vivimos en una época donde una protesta sin violencia, sin pancartas agresivas, sin confrontación física, no se considera noticia. Pero lo fue. Porque representó el sentir de miles de mujeres católicas alrededor del mundo quienes no están dispuestas a seguir esperando otros siglos para ser escuchadas.
A quienes dicen que esto “atenta contra la doctrina”, habría que recordarles que toda institución viva cambia. Que la Iglesia ha cambiado antes. Que hubo un tiempo en que defendió la esclavitud, la monarquía absoluta, incluso la Inquisición. Y hubo creyentes valientes dentro y fuera de ella que alzaron la voz. Hoy les llamamos profetas.





