En los últimos días, la palabra incel empezó a aparecer en noticias y redes sociales. El reciente ataque en el CCH Sur de la UNAM, protagonizado por Lex Ashton, un joven de 19 años que se identificaba como parte del movimiento incel, dejó al descubierto la existencia en México de una comunidad que vive y se alimenta del odio, la frustración y la soledad.  

Antes del ataque, Lex había compartido en redes sociales mensajes cargados de resentimiento, donde hablaba de su soledad, su dolor por el rechazo y su visión pesimista del mundo. Tras su muerte, ese material comenzó a circular en foros incel, donde lo llamaron un “héroe incomprendido”. Este fenómeno es preocupante porque reproduce un patrón que ya se ha visto en otros países, como Estados Unidos y Canadá, donde jóvenes influenciados por esta ideología también han cometido ataques y luego son idolatrados por estas mismas comunidades en línea.  

Pero ¿Qué significa ser incel? El término incel proviene del inglés involuntary celibate, que significa “célibe involuntario”. Surgió a mediados de los años noventa, cuando una joven canadiense creó un foro con la finalidad de compartir experiencias de personas solitarias que no lograban establecer relaciones afectivas. 

Su propósito original era crear una red de apoyo y comprensión. Sin embargo, con el paso del tiempo, ese espacio fue ocupado por hombres que transformaron el concepto en una ideología basada en la frustración y el odio hacia las mujeres, así como hacia quienes consideran “privilegiados” en el amor o el sexo.  

Hoy, los incels conforman comunidades virtuales que comparten una jerga propia. Llaman Chads a los hombres que consideran atractivos o exitosos; Stacys o foids a las mujeres; y usan términos como blackpill (píldora negra) para referirse a la supuesta verdad de que la vida está determinada por la apariencia, y que los “feos” o “no deseables” están condenados al fracaso. Estos códigos refuerzan un pensamiento fatalista que les repite constantemente que el mundo está en su contra y que no hay solución más que el resentimiento o la violencia.  

Casos como el de Elliot Rodger, ocurrido en 2014 en California, son el antecedente más claro de lo que hoy vemos replicado. Rodger asesinó a seis personas y dejó un manifiesto donde explicaba que lo hacía por sentirse rechazado por las mujeres. Desde entonces, su figura ha sido glorificada en comunidades incel, que lo llaman “Saint Elliot” (San Elliot). Ese mismo tipo de idealización es el que ahora algunos usuarios intentan aplicar al caso de Lex Ashton en México.  

Actualmente, las redes sociales se han convertido en una herramienta capaz de unir y transformar el mundo positivamente, pero también suelen ser espacios donde se amplifican discursos de odio.  

Para poder prevenir la violencia debemos construir espacios de atención psicológica accesible, orientada a jóvenes, con profesionales que atiendan tanto la salud mental como la perspectiva de género. Donde además se hable sobre temas como el consentimiento, las relaciones, los rechazos, la autoestima, el bullying y el acoso, con la finalidad de construir nuevos modelos de masculinidad no basados en el poder sobre otros ni en cumplir estereotipos tradicionales.