
Fernanda Martínez / Columnista
La decisión de emprender un viaje académico, profesional o de crecimiento nos lleva a
creer que la realización y fin último es concluir con las metas que nos fijamos a largo o corto plazo.
Creo que nos obsesionamos con una idea de la realización que se refiere únicamente con ‘’palomear’’ espacios de una lista indicando que logramos lo que nos proponemos, pero ante esta forma sistematizada de ‘’autorrealización’’ es importante, al inicio del camino, a la mitad y a su final siempre preguntarnos:
¿Por qué hago lo que hago y a dónde esto me dirige?
En la frescura de ser jóvenes, eficientes, participativos y con algo que decir nos automatizamos y creemos que todos los caminos llevan a Roma. Sí, todos tenemos algo importante que decir, pero ¿lo estamos diciendo en un lugar en el que importa decirse?
Perdemos tiempo queriendo abarcar todo y nada a la vez. Lo veo como una señal de carretera que nos indica el destino próximo, pero cuando no nos cuestionamos: a menudo en el camino esa señal puede empezar a indicar múltiples destinos y no llevarnos a ninguno. Porque no podemos encontrar algo si no sabemos qué buscamos.
La importancia de nunca abandonar el sentido por el cual nos movemos nos hace resistir antes aquello que nos podría hacer abandonar algo que empezamos. La apatía es sin duda uno de nuestros mayores males, pero esta no solo se trata de “no hacer” sino también está en el hacer sin un sentido. Nos convertimos en un discurso político sin saliva que no refresca ni moja nada, solo salpica.
La tarea que tenemos cada uno es única, como lo es también la oportunidad que tenemos de cumplirla. Interpretar nuestras metas solo como una responsabilidad social y dejar fuera la responsabilidad con nuestra propia conciencia es fallarnos a nosotros y a la sociedad.
A diferencia del mundo que nos rodea, eres quien determina quién eres, a dónde vas y por qué vas. Tenemos el potencial de tomar nuestras decisiones y aunque no tanto de decidir las condiciones o el cómo en que estas serán tomadas, dependerá de qué tan fuertes y determinantes sean nuestras convicciones lo que nos mantendrán o nos alejará del camino que decidimos.
Volverte consciente de la responsabilidad que tienes cuando haces o eres, te hará incapaz de quedarte estático. El detenerse a preguntarse no es sinónimo de indecisión o de flaqueza de ideas, es un instrumento para conocer y reafirmar el porqué de tus decisiones y así poder soportar casi cualquier cómo que se presente.




