
Fernanda Martínez/ Columnista
‘’El niño que no sea abrazado por su tribu cuando sea adulto quemará la aldea para sentir su calor’’ Proverbio Africano.
Muy poco se habla de cómo el futuro de México en el presente se encuentra siendo parte de un problema más grande. Los niños definitivamente son parte de la esperanza para resanar nuestro país, sin embargo, la situación de este en los últimos 10 años ha traído un cambio en el curso de vida de miles de infantes.
Los niños en la delincuencia organizada son cada vez más comunes dentro de los periódicos y medios de comunicación, en donde los titulares mencionan como casos excepcionales en donde su ‘’naturaleza criminal’’ los orilló a cometer determinada conducta, sin embargo, aunque en algunos casos esto podría ser cierto, la realidad es que este problema responde a una causa más compleja.
La matriz de la conducta de una persona acompañada de otros factores es determinada en gran parte por su familia y la comunidad en la que se desenvuelve. Atribuir los casos de violencia y crimen perpetrados por NNA únicamente atendiendo a una perspectiva física y no social, nos aleja de la solución o de llegar a encontrar una respuesta.
La verdad es que la realidad para muchos niños no es la ideal, crecen en un ambiente familiar violento, de precariedad, con falta de oportunidades en el que por estas condiciones su preocupación no es pensar en que serán de grandes, sí arquitectos, abogados o doctores o pensar si tienen tarea para el día siguiente, para algunos su preocupación será si comerán el día de mañana, tener que conseguir un trabajo o escapar de la violencia en casa a la creciente violencia que se vive en las calles.
Muchas veces juzgamos a delincuentes juveniles tan duramente sin darnos cuenta de que en realidad nos juzgamos a nosotros como sociedad. Cada uno contribuye de una manera u otra con su indiferencia, pero siendo realistas, esto se desprende de una responsabilidad aún más grande: la necesidad que el Estado Mexicano reconozca la gravedad del problema, y que se realicen estrategias específicas encaminadas a garantizar el interés superior del menor evitando que nuestra niñez se contamine dentro de esta guerra de la cual se manifiestan cada vez más los estragos. Evitar la guerra en casa y afuera.
Es de notar que las políticas públicas encaminadas a combatir la criminalidad organizada han puestos énfasis en el problema, pero no han diferenciado a las víctimas con estrategias completas, si se habla de los niños, niñas y adolescentes como las futuras generaciones, una política de seguridad es trabajar en la protección de nuestros adolescentes y jóvenes, con programas de largo alcance o de lo contrario las estrategias sexenales jamás podrán
erradicar el problema.
El delito responde a muchos factores y condiciones, el hecho que bandas criminales hayan alcanzado a la niñez mexicana no debe sorprendernos, pero sí alarmarnos. La forma de reacción reactiva ante estas situaciones en las que la delincuencia ha consumido por completo la vida de un niño o adolescente es el claro ejemplo del por qué la violencia sigue dejando estragos en el futuro de México; pues no atendemos el pasado, no tenemos una reacción preventiva en la que se atiendan las causas antes de que se conviertan en
consecuencias.




