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José Hernández/ Columnista

Tengo 24 años, me gusta la política, la historia y la filosofía. Por las mañanas me desempeño trabajando dentro del ayuntamiento de la ciudad y por las tardes estudio Derecho; la escuela de leyes ha incitado poco a poco mi mente creativa y compaginándolo con mi trabajo, encuentro mucha sincronía en los acontecimientos de mi diario vivir. Normalmente me pierdo en los pensamientos, no por ausentarme de mi realidad; si no por contemplarla.

Hacía un año que leí a Immanuel Kant, filosofo racionalista que acuñó la frase “el respeto al derecho ajeno, es la paz.” Expresando la conciencia universal de que todos, tantos individuos o naciones son libres y soberanos con el derecho de autogobernarse y autodeterminarse. Dejo aquí un par de las impresiones que tuve acerca de sus ideas, y comparto un poco de su “existencialismo.”

“Lo bello y lo sublime, la metafísica de las costumbres” es una de sus más importantes obras, la cual leí en enero del año pasado. Refleja el pensamiento de que los objetos, en sí mismos, no tienen existencia, y el espacio y el tiempo pertenecen a la realidad solo como parte de la mente, como intuiciones con las que las percepciones son medidas o valoradas. La representación matemática de la magnitud inconmensurable del universo, las consideraciones de la metafísica acerca de la eternidad, de la providencia, de la inmortalidad de nuestra alma, contienen un carácter sublime y majestuoso.

Aun sin contar que la complacencia hacia aquellos que tratamos significa a menudo la injusticia con otros situados fuera del círculo, el hombre complaciente, si se admite solo este estímulo, podrá tener todos los vicios, no por inclinación espontánea, sino por que vive para agradar.

La compasión y la complacencia son fundamentos de bellas acciones, pero no inmediatos de la virtud. La opinión que de nuestro valer tengan los demás y su juicio sobre nuestros actos, es un móvil de gran importancia y nos lleva a muchos sacrificios. El carácter bondadoso está muy sujeto a cambio de las circunstancias.

El noble motivo permanece y no se encuentra sujeto a la inconstancia de las cosas exteriores. Solo es de desear que el falso brillo, tan fácilmente engañador, no nos aleje de un modo insensible de la noble sencillez y, sobre todo, que el secreto aun oculto de la educación consiga ser sustraído a los antiguos errores para elevar temprano el sentimiento moral en el pecho de todo joven ciudadano a una sensibilidad activa, de suerte que toda la delicadeza espiritual no vaya a parar en el placer fugitivo y ocioso de juzgar con mejor o peor gusto lo que acontece fuera de nosotros.

La razón es la autoridad última de la moral.

Actúa de forma que la máxima de tu conducta pueda ser siempre un principio de ley natural y universal. El bienestar de cada individuo es considerado, en sentido estricto, un fin en sí mismo.

¿Qué es lo que el hombre es? En lugar de lo que debe ser.

“Todo conocimiento racional, o es material y considera algún objeto, o es formal y se ocupa tan solo de la forma del entendimiento y de la razón misma, y de las reglas universales del pensar en general.”